Nací en Ronda un dos de agosto de 1951. Este pequeño rincón andaluz, famoso por su belleza y su historia, fue el escenario donde comenzó mi camino. Un lugar lleno de tradiciones y paisajes que marcaron mis primeros años de vida.
Diría que mi abuela materna y mi tía abuela, Pituca, con las que vivíamos, eran dos personas muy especiales. Ellas dejaron una huella imborrable en mí, no solo con su cariño, sino también con las enseñanzas y valores que transmitieron.
Mis desayunos favoritos son sencillos: café y una tostada no muy grande con aceite. Entre semana, esa rutina se mantiene. Pero cuando viajo, los desayunos de hotel me conquistan, con su diversidad y encanto. De vez en cuando, los churros también se cuelan en mis mañanas.
En cuanto a la comida, no me sientan bien ni el pescado ni los mariscos. Aunque nunca los he disfrutado plenamente, no siento que me falte algo. Hay tantos otros sabores que enriquecen mis días.
No, la verdad que no soy muy aficionado a los deportes. Mi energía y curiosidad se enfocan en otros aspectos de la vida, dejando las actividades deportivas en segundo plano.
Me fascinan las texturas algodonosas y terrosas. Hay algo reconfortante y auténtico en ellas que siempre me atrae.
Si hablamos de aromas, el nardo y el jazmín son mis preferidos. Evocan frescura, elegancia y un toque de nostalgia que siempre me acompaña.
De los recuerdos de mi infancia, mi bicicleta BH destaca como un tesoro. Tenía 12 o 13 años y con ella descubrí la libertad y la aventura que un niño puede encontrar en dos ruedas.
En música, hay muchas canciones que adoro, pero «Si amanece y ves…» de Rocío Jurado ocupa un lugar especial. Esa melodía me transporta a momentos únicos y memorables.
Entre los libros que he leído, «Cixi, la emperatriz», de Jung Chang, dejó una gran impresión en mí. Conocer la historia de esta mujer que transformó la China moderna es fascinante y lleno de enseñanzas.
Cuando pienso en las personas que echo de menos, me vienen a la mente tantos nombres… Mis padres, mi abuela materna, mi tía Pituca, mi tía Anamari… Cada uno dejó una marca imborrable en mi vida.
He encontrado mi libertad en lugares como Shanghái, Tánger y Sevilla. Cada uno me ha ofrecido una perspectiva distinta de la vida y del mundo, pero todos me hacen sentir plenamente libre.
En mis sueños siempre estoy en algún precipicio o en lugares altísimos. Aunque es inquietante, lo he aceptado como parte de mis noches y de mi subconsciente.
Ahora mismo estoy muy bien aquí y ahora. Es un sentimiento de paz y gratitud por lo que tengo en el presente.
Reírme es una de las cosas que más disfruto. Desde momentos simples hasta las ocurrencias de algunos amigos, la risa es un bálsamo para el alma.
Meterme en la cama y encender la televisión es un placer sencillo. Un ritual nocturno que me relaja y me prepara para el descanso.
Mi lema es simple: sé bueno. Una frase corta pero llena de significado que me guía día a día.
Si hablamos de habilidades, sé tocar el piano, clavar un cuadro y arreglar un enchufe. Pequeñas destrezas que he adquirido con el tiempo y que siempre son útiles.
Un día perfecto para mí incluye levantarme de buen humor, arreglarme, tomar una copa con un amigo y reírme. La sencillez de estos momentos los hace perfectos.
Me considero curioso en todos los sentidos. Esa curiosidad me impulsa a querer saber, explorar y entender, no solo lo que me rodea, sino también lo que está más allá de mi alcance.
Por último, aunque no tengo un recuerdo vergonzoso concreto, me divierte mucho cuando me confunden con otra persona. Esos momentos de confusión siempre me sacan una sonrisa.
Así es mi vida, una combinación de pequeños placeres, aprendizajes y momentos que, en su conjunto, la hacen especial y única.